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La representación de la muerte de Cristo es el acto más popular de esta villa marinera cántabra. Con la llegada de la Semana Santa sus calles se transforman en el escenario bíblico donde los castreños, convertidos en actores por un día, sufren y sienten la pasión de Jesucristo.
Castro mira siempre a la mar. Tierra de pescadores y marineros, donde la gente se jugaba la vida intentando atrapar alguna ballena que diera el sustento necesario a toda la familia. Hoy la importancia de la pesca no es la de antaño, pero no por ello el mar es menos importante. Si antes la riqueza castrña estaba en sus peces, ahora está en sus playas. Castro-Urdiales es el pueblo más oriental de Cantabria, justo en el límite con el País Vasco, del que recibe la mayor parte de sus visitantes. Estos vienen atraídos por la costa, por su comida y, sobre todo, por su conjunto monumental formado por la magnífica Iglesia Gótica de Santa María, el puente romano, el faro y la Ermita de Santa Ana. Desde 1983, la representación de la muerte de Jesucristo se ha convertido en el acto más popular de la villa marinera. Cada castreño que lo desee tiene la oportunidad de ser actor por un día. La escenificación de la Pasión no cuenta con actores profesionales, sino con un pueblo que se sabe protagonista de la jornada. La participación popular y el enorme realismo con el que cada uno personifica su personaje caracterizan el acto. Amanece en Castro. Pese a que durante toda la semana ha estado lloviendo, este Viernes Santo no cae una gota. La gente se encamnia hacia la Iglesia de Santa María. En el primer acto se representa la última cena enfrente de la fachada principal del templo. A cada castreño participante en La Pasión le corresponde un personaje: será María Magdalena, Barrabás, San Juan o un simple soldado romano. En cualquiera de los casos, la verosilimitud con la que cada uno interpreta su papel conmueve. Dentro de la enorme Iglesia se procece a enjuiciar a Jesús. En el exterior, Judas, arrepentido por ser el responsable de su captura, se cuelga de un árbol. La escena parece tan real que no son únicamente los niños los gritan asustados al ver el cuerpo oscilar de una gruesa rama. La emoción sube de tono cuando Jesucristo, caracterizado casi siempre por un joven castreño, tras haber recibido latigazos, recorre las calles de la localidad castreña cargado con un tronco que supera los treinta kilos de peso. HACIA LA ATALAYA En su camino pasa por el puerto y las estrechas callejuelas del casco viejo. Los azotes que recibe y las tres caídas que sufre durante la caminata no son fingidos. La sangre y el sudor que bañan su cuerpo así lo demuestran. Llega el momento cumbre, la Crucifixión. Si los castreños participantes lo hacen creíble, el espectacular entorno natural aumenta la sensación de realismo. Jesús, junto a los dos ladrones, es izado del suelo de La Atalaya. Es un lugar impresionante, azotado por el viento y asentado junto al Cantábrico, que golpea embravecido los acantilados. No puede haber mejor escenario para una escenificación así. Tras la muerte de Jesucristo en la Cruz, su cuerpo es sacado en volandas del lugar. Ha acabado La Pasión pero no hay aplausos ni gritos, solo silencio. La multitud congregada en el lugar está todavía impresionada por el espectáculo. No importa si se considera un acto para atraer turistas o una devota representación religiosa. Lo cierto es que ha resultado creíble, y en ocasiones, impresionante. Al finalizar la Pasión Viviente los actores se retiran a descansar. Muchos lo primero que harán será afeitarse las barbas que durante los meses anteriores se han dejado crecer para la representación. Sin embargo, inconscientemente, saben que no tardarán en dejarlas aparecer de nuevo. Hay que preparar La Pasión del año que viene. Autor: Humberto Bilbao Fuente: ESPAÑA DESCONOCIDA. N 33. Marzo de 1998. |